Por: Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
Vivimos en una época obsesionada con el control.
Controlar el tiempo, el cuerpo, las finanzas, la imagen, el futuro. Nos han
convencido de que la seguridad depende de anticiparlo todo, de prever cada
riesgo y de tener siempre un plan B, C y D. En ese contexto, el concepto judío
de Bitajón resulta profundamente contracultural y, quizá por eso mismo, tan necesario.
Bitajón suele traducirse como “confianza”, pero no se
trata de una confianza ingenua ni pasiva. En el judaísmo, Bitajón es la
confianza profunda en que la vida —y lo que la sostiene— tiene un orden y un
sentido, incluso cuando no logramos comprenderlo. No es la negación del
esfuerzo humano, sino su complemento. No significa cruzarse de brazos esperando
milagros, sino actuar con responsabilidad sin quedar atrapados por el miedo.
A diferencia de la fe entendida como creencia ciega,
Bitajón es una postura interior. Es la capacidad de caminar aun cuando el
terreno es incierto, sabiendo que no todo depende de uno. Y eso, para una
cultura que glorifica la autosuficiencia, resulta incómodo. Porque confiar
implica aceptar límites, reconocer vulnerabilidad y admitir que no somos el
centro del universo.
El judaísmo nunca ha promovido la idea de que “todo
saldrá bien” en el sentido simplista. De hecho, la tradición está llena de
textos que reconocen el dolor, la pérdida y la injusticia. Bitajón no promete
finales felices, pero sí propone una actitud: no dejar que la incertidumbre
destruya la dignidad ni la esperanza. Es confiar no en que todo será fácil,
sino en que incluso lo difícil puede ser atravesado con sentido.
Uno de los grandes aprendizajes del Bitajón es que la
ansiedad excesiva no es previsión, sino una forma de arrogancia disfrazada.
Creer que, si pensamos lo suficiente en el peor escenario, podremos evitarlo
todo, es asumir un poder que no tenemos. El Bitajón, en cambio, invita a hacer
lo que está en nuestras manos y soltar aquello que no controlamos. No por
resignación, sino por sabiduría.
En tiempos de crisis —personales, sociales o
económicas— este concepto adquiere una dimensión ética. Confiar no es evadir la
responsabilidad ni justificar la injusticia. Al contrario: quien practica
Bitajón actúa, decide, se equivoca y vuelve a intentar, pero sin quedar
paralizado por el miedo al fracaso. Hay una serenidad activa en esta confianza,
una firmeza que no depende de resultados inmediatos.
Quizá una de las enseñanzas más poderosas del Bitajón
es que la vida no es una negociación constante con el destino. No se trata de
portarse bien para que todo salga como uno quiere. Se trata de vivir con
integridad, aun cuando el resultado no sea el esperado. De mantener la
coherencia incluso cuando el panorama no ofrece garantías.
En una sociedad marcada por la prisa, el estrés y la
necesidad de certezas inmediatas, el Bitajón nos recuerda algo esencial:
confiar no es perder el control, es recuperar el equilibrio.
Es entender que el valor de una persona no se mide por
su capacidad de dominarlo todo, sino por su manera de sostenerse cuando no
domina nada.
Tal vez, al final, el Bitajón no nos enseña a confiar
en que la vida será justa, sino a confiar en que podemos atravesarla con
entereza. Y en tiempos tan frágiles como los actuales, esa puede ser una de las
formas más profundas de fortaleza.
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