Por: Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
En los últimos años hemos aprendido —a veces a la
fuerza— que la identidad ya no cabe en moldes rígidos. Las generaciones más
jóvenes nos han obligado a ampliar el vocabulario emocional, cultural y
simbólico con el que interpretamos el mundo. En ese contexto aparece un
fenómeno que para muchos resulta desconcertante: los therians.
El término tiene su origen en la palabra griega
therion, que significa “bestia”, y se refiere a personas que se identifican, a
nivel interno o espiritual, con un animal no humano. No se trata de disfraces,
ni necesariamente de performance pública, ni de un espectáculo digital. Es,
para quienes así se nombran, una vivencia identitaria profunda. La comunidad
comenzó a organizarse en espacios virtuales desde finales del siglo XX y hoy
encuentra en plataformas como TikTok un escaparate que amplifica tanto su voz
como las críticas que reciben.
Como suele ocurrir, la visibilidad trae consigo juicio.
En redes sociales abundan burlas, diagnósticos improvisados y condenas morales.
Se les acusa de “confundir fantasía con realidad” o de formar parte de una moda
pasajera. Pero más allá de simpatías o incomodidades personales, la pregunta de
fondo no es si entendemos a los therians. La pregunta es si estamos dispuestos
a convivir con aquello que no comprendemos.
Vivimos en una época donde el debate público se
polariza con rapidez. Basta que una identidad emerja para que se le coloque
bajo el reflector del escarnio colectivo. Lo hemos visto con comunidades
religiosas minoritarias, con expresiones culturales urbanas, con orientaciones
sexuales diversas y con movimientos sociales que cuestionan el statu quo. La
historia demuestra que la primera reacción ante lo diferente suele ser el
miedo. Y el miedo, cuando no se gestiona con pensamiento crítico, deriva en
exclusión.
Como académica, me interesa menos el fenómeno en sí y
más lo que revela sobre nuestra capacidad de tolerancia. El respeto a las
ideologías diversas no significa adhesión automática ni validación acrítica.
Significa reconocer que el espacio público no nos pertenece en exclusiva. Que
la democracia no se reduce al voto, sino que se construye en la convivencia
cotidiana con quien piensa, siente o cree distinto.
Es importante hacer una distinción: la libertad de
identidad y expresión tiene límites cuando vulnera derechos de terceros. Ese es
el marco ético y jurídico que sostiene cualquier sociedad plural. Pero mientras
una práctica o autodefinición no implique daño, violencia o coacción, la
descalificación automática habla más de nuestras propias inseguridades que del
fenómeno observado.
El reto contemporáneo es aprender a dialogar sin
ridiculizar. No todo lo nuevo es patología; no toda diferencia es amenaza. Las
redes sociales han convertido cualquier rareza en tendencia viral, y eso
exacerba la percepción de que “el mundo se salió de control”. Sin embargo, si
revisamos la historia cultural, veremos que cada generación ha tenido sus
expresiones incomprendidas: desde movimientos artísticos hasta tribus urbanas
que en su momento escandalizaron a sus mayores.
¿Hay riesgos de confusión identitaria en ciertos
contextos? Por supuesto, como los hay en cualquier proceso humano de búsqueda
de pertenencia. Por eso la respuesta no es la burla, sino la educación
emocional y el acompañamiento responsable. La salud mental no se defiende con
memes hirientes, sino con información, escucha y profesionalismo.
La discusión sobre los therians nos obliga a mirarnos
al espejo. ¿Somos capaces de sostener una conversación compleja sin convertirla
en linchamiento digital? ¿Podemos disentir sin humillar? La madurez democrática
se mide, precisamente, en la manera en que tratamos a las minorías culturales.
No se trata de romantizar ni de demonizar. Se trata de
entender que la diversidad ideológica y simbólica es parte inherente de las
sociedades abiertas. El respeto no es debilidad; es fortaleza institucional y
humana. Porque cuando el criterio para otorgar dignidad depende de nuestra
comprensión personal, estamos construyendo un mundo peligrosamente estrecho.
Quizá el fenómeno therian pase, evolucione o se
transforme. Las identidades cambian, las comunidades migran, las narrativas
mutan. Lo que no debería cambiar es nuestro compromiso con la convivencia
respetuosa. En tiempos donde la indignación se monetiza y el algoritmo premia
la confrontación, elegir el respeto es un acto casi contracultural.
Y sin embargo, es el único camino sostenible.
Comentarios:draclaudiaviveroslorenzo|@gmail.com






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