Por: Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
Donald Trump ha encontrado en la intimidación una de sus herramientas
favoritas. Y esta vez, la mira apunta a Venezuela. Los recientes avances y
movimientos militares que ha impulsado bajo el argumento de “proteger la
seguridad hemisférica” parecen más un juego de poder y de miedo que un acto de
estrategia internacional legítima.
El discurso de Trump no sorprende: utiliza la fuerza como un lenguaje
político, no solo para presionar a Nicolás Maduro, sino para mandar un mensaje
a toda América Latina. La retórica de la amenaza militar no busca resolver
conflictos, busca fabricar miedo, debilitar gobiernos incómodos y, sobre todo,
reforzar la narrativa del “líder fuerte” que vende en sus mítines.
Pero vale la pena preguntarnos: ¿qué hay detrás de estas jugadas? No se
trata de una preocupación humanitaria ni de un interés genuino por la
democracia venezolana. La historia nos enseña que cada intervención de Estados
Unidos en América Latina ha tenido el mismo trasfondo: intereses económicos,
recursos estratégicos y control geopolítico. Venezuela, con sus reservas de
petróleo, no es la excepción.
Ahora bien, Trump y sus aliados han insinuado incluso la posible captura
de Nicolás Maduro como si fuera un trofeo de guerra. Aquí el problema no es si
Maduro merece o no enfrentar a la justicia —la crisis humanitaria y política en
Venezuela tiene responsables claros—, sino cómo se busca lograrlo. Una captura
a manos extranjeras no sería un acto de justicia, sino una muestra más de
imperialismo, disfrazado de operación “liberadora”.
El riesgo de este escenario es alto: la caída forzada de Maduro por parte
de fuerzas externas podría desatar un vacío de poder, violencia interna y mayor
sufrimiento para el pueblo venezolano. La justicia que se impone con cañones
suele abrir más heridas de las que cierra.
Lo más preocupante es cómo este tipo de acciones buscan normalizar el uso
de la fuerza en lugar del diálogo, imponiendo la idea de que el músculo militar
es la única vía para imponer un orden. Y ese orden, por supuesto, no es el de
los pueblos, sino el de quienes lucran con las armas, el petróleo y las
tensiones internacionales.
Trump sabe que el miedo es un motor político eficaz. Pero los pueblos
también saben que la soberanía no se negocia ni se defiende con amenazas
extranjeras. Venezuela, con todos sus problemas internos, no merece ser tratada
como una ficha más en el tablero electoral de un expresidente que insiste en
usar la guerra como espectáculo.
Porque detrás de cada tanque, de cada barco desplegado y de cada discurso
bélico, lo que se esconde no es la seguridad de un continente, sino la ambición
de un hombre que no sabe hacer política sin la sombra de la confrontación.
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