Por: Ed. Dr.
Claudia Viveros Lorenzo
Hay una pregunta que últimamente me ronda la cabeza:
¿en qué momento dejamos de preocuparnos por los demás?
No hablo de convertirnos en héroes ni de resolverle
la vida a todo el mundo. Hablo de algo mucho más sencillo: mirar, escuchar,
preguntar, detenernos.
Vivimos en una época en la que todos queremos ser
escuchados, pero pocos quieren escuchar. Queremos comprensión, pero tenemos
poca paciencia para comprender. Exigimos empatía para nuestras heridas, pero
somos implacables con las heridas ajenas.
Y quizá el problema no es que nos hayamos vuelto
malos. Quizá estamos demasiado cansados, demasiado ocupados, demasiado
preocupados por nosotros mismos.
El teléfono vibra y respondemos inmediatamente.
Alguien nos habla y decimos "sí, sí", mientras seguimos mirando la
pantalla. Una persona nos cuenta que está pasando por un mal momento y
rápidamente respondemos: "Todo va a estar bien", como si esa frase
pudiera resolver una vida.
Nos hemos acostumbrado a escuchar solamente lo
necesario.
Las redes sociales han creado una paradoja
extraordinaria: estamos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, muchas
personas se sienten más solas que nunca.
Sabemos qué desayunó alguien, dónde viajó, qué compró
y qué canción está escuchando, pero quizá no sabemos que esa misma persona
lleva meses luchando contra una tristeza que no publica.
Porque aprendimos a compartir fotografías, pero no
necesariamente a compartir vulnerabilidades.
También nos hemos acostumbrado a consumir el dolor
ajeno como entretenimiento. Un accidente, una tragedia, una agresión, una
muerte: todo puede convertirse en video, comentario, meme o tendencia.
Miramos durante unos segundos, opinamos y seguimos
deslizando el dedo.
Pero detrás de esa pantalla hay una vida.
Una madre.
Un hijo.
Una familia.
Una historia.
Y eso parece que se nos olvida.
La indiferencia también se manifiesta en pequeñas
cosas. En el conductor que no cede el paso. En quien humilla a un trabajador
porque se equivocó. En quien se burla del cuerpo de otra persona. En quien
escucha un problema y responde: "No es asunto mío".
Claro que no podemos cargar con los problemas de
todos. Poner límites es saludable. Alejarnos de relaciones dañinas también.
Pero una cosa es protegernos y otra muy distinta
dejar de sentir.
Una cosa es decir "no puedo ayudarte" y
otra decir "no me importa".
Y hay una frase que me preocupa especialmente:
"Cada quien sus problemas".
Porque, si llevamos esa idea hasta sus últimas
consecuencias, ¿qué clase de sociedad construimos?
Una donde el anciano que necesita ayuda debe arreglárselas
solo.
Donde quien está enfermo incomoda.
Donde la tristeza se esconde.
Donde pedir ayuda parece una debilidad.
Donde la vulnerabilidad se castiga.
Y donde cada persona termina aprendiendo a sobrevivir
sin esperar nada de nadie.
Eso no es fortaleza.
Eso es aislamiento.
La educación también tiene aquí una responsabilidad
enorme. Nuestros hijos aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que les
decimos.
Podemos hablarles de respeto durante horas, pero si
nos ven insultar al empleado, despreciar al vecino o burlarnos de alguien
vulnerable, aprenderán exactamente eso.
La empatía no se enseña únicamente en una clase.
Se enseña en casa.
En la calle.
En la manera en que tratamos a quien no puede
ofrecernos nada a cambio.
Por eso creo que, en esta época de tanta tecnología,
tanta velocidad y tanta exposición, necesitamos recuperar algo profundamente
antiguo: la capacidad de mirar a otro ser humano y reconocerlo.
No tenemos que amar a todos.
No tenemos que estar de acuerdo con todos.
Pero sí podemos respetar.
Podemos escuchar.
Podemos acompañar.
Podemos evitar hacer daño.
Podemos detenernos cinco minutos cuando alguien
necesita ser escuchado.
Quizá eso sea hoy un verdadero acto de rebeldía.
Porque en una época donde parece que a nadie le
importa el otro, que alguien vuelva a importarnos puede ser el comienzo de
algo.
Tal vez no podamos cambiar al mundo entero.
Pero sí podemos decidir que, al menos en nuestro
pequeño espacio, la indiferencia no tenga la última palabra.
Porque algún día, inevitablemente, nosotros también
necesitaremos que alguien se detenga.
Y cuando llegue ese momento, quizá comprendamos que
nunca estuvimos tan solos como creíamos.
Simplemente habíamos olvidado que todos necesitamos
de alguien.
Comentarios: draclaudiaviveroslorenzo@gmail.com