Por:
Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
Uno de los
errores más peligrosos de nuestra época digital es creer que la violencia solo
existe cuando deja moretones visibles. El caso de El Charito y Mayrita nos
confronta, una vez más, con una verdad incómoda: la violencia más extendida no
es la que escandaliza, sino la que se normaliza. La que se cuela en la
cotidianidad, se disfraza de broma, se justifica como “así se llevan” y termina
convertida en espectáculo rentable.
El ascenso mediático de este hombre no ocurre a pesar
de su comportamiento violento; ocurre gracias a él. Su éxito no es accidental
ni anecdótico. Se basa en que millones de personas reconocen en su discurso, en
su trato hacia la madre de sus hijos y en su humor hiriente, una dinámica
profundamente común en muchas parejas: aquella donde el hombre ejerce control,
humillación y desvalorización emocional, pero lo hace riendo, guiñando el ojo,
diciendo “es carrilla”, “no aguanta nada”, “así somos”.
Ahí está el verdadero problema.
Porque cuando la violencia se presenta como chiste,
deja de ser cuestionada. Cuando se envuelve en risas, se vuelve digerible. Y
cuando se repite una y otra vez frente a una cámara, termina siendo validada
socialmente. No estamos hablando de un caso aislado, sino de un modelo cultural
que se reproduce con enorme facilidad porque conecta con experiencias que
muchas mujeres han vivido y muchos hombres han aprendido a justificar.
En este tipo de relaciones, la agresión no siempre
llega en forma de golpe, sino de comentario: una burla sobre el cuerpo, una
humillación pública, un recordatorio constante de inferioridad, una risa que
minimiza el dolor ajeno. La violencia se vuelve un juego de palabras donde
quien se queja es etiquetada como exagerada, loca o conflictiva. Y el agresor,
curiosamente, aparece como simpático, auténtico, “sin filtro”.
El fenómeno que rodea a El Charito no puede entenderse
sin analizar esta normalización. Su fama crece porque representa al hombre que
muchos reconocen como cercano: el esposo, el novio, el padre, el amigo que “no
es malo”, pero que constantemente ridiculiza, invalida y controla. Es el
patriarcado con sentido del humor. Y eso lo vuelve peligrosamente popular.
Como feminista —y lo digo con toda claridad: feminista
no tóxica, crítica y comprometida con la dignidad humana— me preocupa
profundamente que sigamos confundiendo la libertad de expresión con la
impunidad simbólica. Nadie está pidiendo censura. Lo que se exige es responsabilidad social.
Porque cuando una figura pública convierte la violencia psicológica en
contenido viral, no solo daña a la mujer que tiene enfrente, sino que educa
emocionalmente a millones de espectadores.
¿Qué aprenden los jóvenes que consumen este tipo de
contenidos? Que el amor puede doler y dar risa al mismo tiempo. Que humillar es
una forma de cercanía. Que si una mujer se incomoda, el problema es su
sensibilidad y no la agresión. Que la violencia no es violencia si viene
acompañada de likes.
El caso de Mayrita es especialmente doloroso porque
expone algo que muchas mujeres viven en silencio: la dificultad de identificar
el abuso cuando no se presenta de manera explícita. Cuando el agresor no grita
todo el tiempo, no golpea siempre, no amenaza directamente, pero erosiona poco
a poco la autoestima, la voz y la autonomía. Y cuando esa erosión ocurre frente
a cámaras y audiencias masivas, el daño se multiplica.
Que este hombre tenga millones de seguidores no habla
de su carisma, sino de una sociedad que todavía ríe con la violencia masculina,
siempre que no sea demasiado evidente. Habla de una cultura que sigue premiando
al agresor ingenioso y cuestionando a la mujer que decide poner un límite.
Habla de un entorno digital donde el algoritmo amplifica lo que genera
reacción, no lo que genera conciencia.
No es casual que muchas personas defiendan este tipo de
conductas diciendo “eso pasa en todas las parejas”. Justamente ahí está la
alarma. Si pasa en muchas, no es normal: es estructural. Y si es estructural,
debe ser nombrado, analizado y confrontado.
La violencia disfrazada de broma es una de las formas
más eficaces de perpetuación del machismo. No necesita fuerza física; le basta
con la risa colectiva. Y mientras sigamos consumiendo este tipo de contenidos
sin cuestionarlos, seguiremos siendo parte del problema.
Porque la violencia que entretiene también educa. Y
hoy, lamentablemente, está educando demasiado bien.
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