Por: Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
Hay monstruos que no habitan debajo
de la cama. No tienen colmillos, ni ojos inyectados de sangre, ni aparecen en
películas de terror. Se levantan temprano, usan traje impecable, ocupan
oficinas con vista privilegiada, estrechan manos en ceremonias oficiales,
pronuncian discursos sobre ética, igualdad y servicio público. Algunos dirigen
empresas estratégicas para un país. Otros imparten cátedra, ocupan espacios de
poder o son celebrados por sus logros profesionales.
Y, sin embargo, también golpean.
Los videos difundidos recientemente
en los que presuntamente se observa al ex director de Pemex, Víctor Rodríguez
Padilla, agrediendo físicamente a su esposa han provocado indignación nacional
y dieron paso a investigaciones oficiales, además de que el propio ex
funcionario anunció su separación de cualquier cargo público para enfrentar el
proceso.
Las imágenes estremecen. Pero lo
verdaderamente perturbador no es únicamente la violencia que muestran. Es
descubrir, una vez más, que el rostro del agresor puede ser el de alguien
respetado socialmente.
Nos hemos acostumbrado a imaginar a
los monstruos con apariencias grotescas. Pensamos que el mal siempre se anuncia
con señales evidentes, que el agresor será fácilmente identificable, que
llevará tatuada la violencia en el rostro. Qué equivocación tan peligrosa.
Los monstruos también usan corbata.
Y muchos tienen cuello blanco.
No es la primera vez que la
sociedad descubre que detrás de una trayectoria brillante existía una vida
privada marcada por el abuso. Tampoco será la última. Porque el problema nunca
ha sido exclusivamente el individuo. El verdadero problema es el sistema de
silencios que suele protegerlo.
¿Cuántas mujeres permanecen años
sin denunciar porque el agresor tiene poder?
¿Cuántas soportan humillaciones por
miedo a perder a sus hijos, su estabilidad económica o simplemente porque nadie
les creerá?
¿Cuántas escuchan aquello de
"es un hombre tan educado", "tan preparado", "tan
buena persona", mientras en casa viven un infierno?
El prestigio social se convierte
muchas veces en un escudo para el agresor. Los títulos universitarios no
garantizan calidad humana. Los cargos públicos no certifican integridad.
La inteligencia académica jamás
sustituirá a la inteligencia emocional.
Podemos acumular doctorados,
reconocimientos internacio-nales, publicaciones científicas o importantes
responsabilidades gubernamentales y, aun así, fracasar en lo más elemental:
respetar la dignidad del otro.
Ese es quizá uno de los mayores
aprendizajes que nos deja este caso.
Durante décadas hemos construido
una peligrosa asociación entre éxito profesional y calidad moral. Suponemos que
quien llega lejos necesariamente posee elevados principios éticos. Pero la
historia insiste en desmentirnos.
Hay empresarios ejemplares en los negocios que
son tiranos en casa. Hay líderes admirados que destruyen emocionalmente a su
familia.
Hay funcionarios que hablan de
justicia mientras ejercen violencia entre cuatro paredes.
Hay académicos brillantes incapaces de
controlar su propia agresividad.
Y todos ellos comparten una
característica: aprendieron a construir una imagen impecable hacia afuera
mientras ocultaban el monstruo que habitaba dentro.
Por eso resulta tan importante no
confundir reputación con carácter.
La reputación depende de lo que
otros ven.
El carácter aparece cuando nadie
observa.
También vale la pena detenernos en
otro aspecto profundamente doloroso: el niño que, según las imágenes difundidas
y los reportes públicos, habría presenciado la agresión. Porque la violencia
familiar nunca tiene una sola víctima. Las hijas e hijos que crecen viendo
golpes, insultos o humillaciones cargan cicatrices invisibles que pueden
acompañarlos toda la vida.
No basta con indignarnos cuando un
video se vuelve viral.
La verdadera tarea consiste en
cuestionarnos por qué tantas mujeres deben esperar años para reunir el valor de
denunciar.
¿Por qué seguimos dudando de la
víctima antes que del agresor?
¿Por qué el poder continúa
generando redes de protección?
¿Por qué todavía existen quienes
minimizan los hechos diciendo que "es un asunto privado"?
No. La violencia jamás es un asunto
privado cuando destruye vidas.
Es un problema social. Es un
problema ético. Es un problema de justicia. Y también es un problema cultural.
Porque mientras sigamos educando
para admirar únicamente el éxito, seguiremos formando profesionales
competentes, pero seres humanos incompletos.
Necesitamos enseñar que el
verdadero liderazgo comienza en casa.
Que el respeto no termina al cerrar
la puerta del domicilio.
Que el poder no concede permiso
para humillar.
Que ninguna posición política,
económica o académica coloca a una persona por encima de la ley.
Hoy el nombre del presunto agresor
ocupa los encabezados. Mañana será otro. Porque los monstruos no pertenecen a
un solo partido, a una sola institución ni a una sola ideología. Habitan todos
los espacios donde el poder se mezcla con la impunidad y donde el silencio se
convierte en cómplice.
Hay monstruos en todos lados.
Muchos jamás aparecerán en una
película de terror.
Muchos seguirán usando saco oscuro,
sonrisa impecable y discurso políticamente correcto.
Muchos seguirán teniendo cuello
blanco.
Nuestra responsabilidad como
sociedad consiste en dejar de admirar únicamente los currículums y comenzar a
exigir congruencia entre la vida pública y la vida privada. Porque un país no
se construye solamente con funcionarios preparados, sino con ciudadanos
incapaces de justificar cualquier forma de violencia.
El verdadero progreso no se mide
por los cargos que una persona alcanza, sino por la humanidad con la que trata
a quienes más cerca tiene.
Y esa, quizá, es la diferencia
definitiva entre un servidor público y un monstruo disfrazado de éxito.
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