Mi dulce sabiduría, llegaste a mi vida en un día en el cual se
duplicó mi amor por las dos personas que más quiero en el mundo: tú y mi mamá.
Aún eres muy pequeñita para entender de letras y versos, pero
estoy segura de que hay un idioma que ambas entendemos y que aprendimos en el
instante en que nuestras miradas se cruzaron y nuestros corazones se alinearon:
hablo, sin dudas, del amor.
Lo sé porque reímos, lloramos y vivimos cada emoción o nueva
experiencia juntas; porque desde que amanece hasta que anochece nos buscamos
con la mirada.
Espero tener una larga vida para seguir viendo tus ojitos que
desbordan alegría y transmiten tanta paz a mi día a día.
No tengo un final para describir lo bonita, risueña y conversadora
que eres, ni el inmenso amor que te tengo, porque simplemente creo que cuando
una madre piensa en expresar lo que siente por su hija, las oraciones se
vuelven infinitas.
Guarda con mucho cariño este escrito, que nace desde la alquimia
de mi alma para que nunca dudes de cuánto te amo. Feliz vida, mi vida.
Por: Kiara María Castilla Pachas






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