Por: Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
La inauguración de la Copa Mundial de
Fútbol 2026 en la Ciudad de México debía ser una fiesta popular. Una
celebración que uniera generaciones, clases sociales y regiones del país bajo
una misma pasión: el fútbol. Debía ser el momento en que México, por tercera
ocasión en la historia, mostrara al mundo su capacidad organizativa, su
hospitalidad y, sobre todo, el entusiasmo de una afición que ha hecho del
balompié parte de su identidad cultural. Sin embargo, para miles de mexicanos,
la inauguración terminó convirtiéndose en el símbolo de una realidad incómoda:
el fútbol más importante del planeta ya no pertenece a la gente común.
Los precios de los boletos para
asistir al partido inaugural en el Estadio Azteca —hoy transformado bajo los
estándares comerciales de la FIFA— evidenciaron una tendencia que desde hace
años se viene consolidando en los grandes eventos deportivos internacionales:
la exclusión económica de las mayorías. Lo que antes era una experiencia
accesible para familias trabajadoras, hoy parece reservada para ejecutivos,
turistas extranjeros de alto poder adquisitivo y sectores privilegiados de la
sociedad.
Resulta paradójico que el deporte más
popular del mundo sea cada vez más inaccesible para quienes le dieron vida
desde las tribunas. El fútbol nació en las calles, en los barrios, en los
patios de las escuelas. Su esencia siempre estuvo vinculada a la gente común.
No obstante, la lógica del espectáculo global ha ido desplazando esa esencia
para convertir los estadios en espacios de consumo premium.
La pregunta es inevitable: ¿qué
sentido tiene organizar un Mundial en un país donde una gran parte de la
población no puede costear una entrada para presenciar el evento? Más allá de
la emoción colectiva que genera la justa deportiva, la realidad económica de
millones de mexicanos contrasta brutalmente con los costos asociados a la
experiencia mundialista.
No se trata únicamente del precio del
boleto. Hay que sumar transporte, hospedaje para quienes vienen de otros
estados, alimentación, estacionamiento y mercancía oficial. El gasto total
puede representar varios meses de salario para una familia promedio. Es decir,
el evento que debería unir al país termina profundizando las diferencias sociales
que lo atraviesan.
Algunos argumentarán que se trata de
una cuestión de mercado. Que la alta demanda justifica los altos precios. Que
nadie está obligado a asistir. Desde una perspectiva estrictamente económica,
podrían tener razón. Pero el problema es más profundo. El Mundial no es un
concierto privado ni una experiencia exclusiva diseñada para un nicho
específico. Es un acontecimiento cultural de enorme relevancia social. Es un
evento que se promueve utilizando símbolos nacionales, recursos públicos e
infraestructura financiada, en gran medida, por los ciudadanos.
Por ello, resulta legítimo cuestionar
si los beneficios de albergar una Copa del Mundo realmente alcanzan a la
población en general o si terminan concentrándose en ciertos sectores económicos.
La derrama turística existe, sin duda. También la exposición mediática
internacional. Pero para el ciudadano común que observa desde fuera de las
puertas del estadio, esas ventajas suelen sentirse lejanas y abstractas.
Lo preocupante es que esta elitización
del fútbol no es un fenómeno aislado. Ocurre en las principales ligas del
mundo, donde los precios de los abonos se disparan año tras año. Ocurre en las
competencias internacionales que privilegian paquetes corporativos y zonas VIP.
Ocurre cuando el aficionado tradicional es sustituido por consumidores
ocasionales capaces de pagar experiencias exclusivas.
Las consecuencias son evidentes. Se
pierde identidad. Se pierde pertenencia. Se pierde el ambiente auténtico que
durante décadas hizo del fútbol una manifestación popular incomparable. Las
tribunas dejan de reflejar la diversidad social para convertirse en escaparates
de poder adquisitivo.
México conoce bien el valor simbólico
del fútbol. Basta recordar las imágenes de los Mundiales de 1970 y 1986. En
aquellas épocas, asistir a un partido seguía siendo un sueño posible para miles
de familias. Hoy, para muchos jóvenes, estar presentes en una inauguración
mundialista parece una aspiración tan distante como viajar al espacio.
La verdadera grandeza de un Mundial no
debería medirse únicamente por sus ingresos, sus patrocinios o sus cifras de
audiencia global. También debería evaluarse por su capacidad de integrar a la
sociedad que lo recibe. Un evento verdaderamente exitoso es aquel que permite
que los ciudadanos se sientan parte de él, no simples espectadores a la
distancia.
El fútbol tiene una deuda con sus
aficionados. Una deuda que se incrementa cada vez que la rentabilidad se impone
sobre la inclusión. Cada vez que los estadios se llenan de privilegios y se
vacían de pueblo. Cada vez que la pasión queda subordinada a la capacidad de
pago.
Quizá el Mundial 2026 deje grandes
recuerdos deportivos. Tal vez presenciemos partidos memorables y momentos
históricos. Pero también debería abrir una conversación seria sobre quién puede
disfrutar realmente de estos espectáculos y quién queda excluido de ellos.
Porque cuando el deporte más popular
del planeta deja de ser accesible para la mayoría, algo esencial se pierde en
el camino. Y entonces la fiesta deja de ser de todos para convertirse,
simplemente, en una celebración para unos cuantos.
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draclaudiaviveroslorenzo@gmail.com






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