Silla curul, en latín sella curulis, era en la Roma
antigua un asiento de marfil (o con incrustaciones de ese precioso material)
que tenía la forma de un taburete de patas curvas. Estaba reservado al uso de
los ediles curules, pertenecientes a la clase patricia o aristocrática,
quienes, por ese privilegio, se distinguían de los ediles plebeyos, es decir,
salidos de la plebe. El privilegio de usar la silla curul se extendía a otros
altos dignatarios romanos: había también magistrados curules, senadores curules
y pretores curules.
En lo que se refiere al español, curul ya aparece como
sustantivo femenino en la edición de 1843 del Diccionario de la Real Academia.
Pero tanto en español como en francés —lenguas que
tienen género gramatical— curul lleva siempre implícitas dos ideas o imágenes:
la de la silla misma como objeto y la del género femenino del sustantivo que la
designa a partir del latín, igualmente femenino, sella. Por eso, lo natural y
lo correcto es decir en español la curul, una curul, nuestras curules.
Sin embargo, a veces hiere el oído un uso masculino
anómalo: el curul, un curul, nuestros curules. Este erróneo género masculino es
inaceptable porque, tratándose de un término exclusivo del habla culta, es
obligatorio usarlo cultamente.
FUENTE: EHC/MHP
Por:
Juan Yataco Carbajal - (Docente
Universitario)
D.N.I.
21810657







0 comentarios:
Publicar un comentario