Por:
Ed. Dr. Claudia Viveros Lorenzo
Durante
siglos, a las mujeres se nos ha educado para encajar. No para ser, no para
descubrirnos, no para ejercer plenamente nuestra libertad, sino para ajustarnos
—como una pieza cuidadosamente limada— al molde social de lo que significa ser
“una buena mujer”.
Y
ese molde, si lo observamos con honestidad, está lleno de errores.
Errores
transmitidos como virtudes.
Errores
convertidos en mandamientos culturales.
Errores
que muchas hemos repetido sin cuestionar, porque cuestionarlos significaba
arriesgar algo más que la aprobación: significaba arriesgar el amor, el respeto
o incluso la seguridad.
Desde
niñas aprendimos una serie de lecciones silenciosas que no aparecían en los
libros escolares, pero que estaban presentes en cada comentario, en cada gesto,
en cada historia que nos contaban sobre lo que debía ser una mujer “valiosa”.
La
primera gran mentira fue que nuestro valor depende de la aprobación de otros.
Se
nos enseñó que una mujer valiosa es aquella que agrada. La que no incomoda. La
que no habla demasiado fuerte. La que no discute. La que sonríe incluso cuando
algo la hiere. La que se sacrifica.
Una
mujer buena, nos dijeron, es la que sabe ceder. Pero nadie nos explicó que una
vida entera cediendo puede convertirse
en una forma silenciosa de desaparecer.
La
segunda mentira fue que debíamos ser responsables de la felicidad de los demás.
A
muchas mujeres se nos educó como cuidadoras emocionales universales. Debíamos
comprender, tolerar, contener, perdonar, justificar y sanar a todos los que nos
rodeaban. Se nos enseñó que si un hombre se comportaba mal, era porque estaba
herido; que si una familia se fracturaba, la mujer no había hecho lo
suficiente; que si un vínculo se rompía, la mujer debía haber sido más
paciente.
La
paciencia femenina fue elevada a categoría moral. Pero nadie nos dijo que la
paciencia, cuando se vuelve obligación permanente, puede convertirse en una
prisión emocional.
Otra
enseñanza profundamente equivocada fue que la bondad femenina debía medirse en
renuncias.
Renunciar
a oportunidades.
Renunciar
a deseos.
Renunciar
a tiempo propio.
Renunciar
a sueños que “podrían incomodar”.
Durante
generaciones se construyó la idea de que una mujer admirable era aquella que se
postergaba.
La
que esperaba.
La
que apoyaba.
La
que permanecía en segundo plano.
El
aplauso social estaba reservado para las mujeres que hacían mucho… pero que
pedían poco. Sin embargo, hay algo profundamente injusto en un sistema de
valores donde el reconocimiento femenino depende de cuánto se reduce una mujer
para que otros puedan crecer.
También
se nos enseñó que la discreción era una virtud femenina.
No
hablar de dinero.
No
hablar de ambición.
No hablar de poder.
No
hablar de sexualidad.
No
hablar demasiado de nosotras mismas.
Mientras
tanto, el mundo celebraba en los hombres exactamente aquello que nos pedía
ocultar: la ambición, la seguridad, la voz propia. Así se fue construyendo un
guion social extraño: el éxito masculino era admirado; el éxito femenino debía
ser moderado, elegante, casi silencioso.
Como
si el brillo femenino tuviera que bajar la intensidad para no incomodar a
nadie.
Otra
idea profundamente equivocada que heredamos fue que ser fuerte y ser femenina
eran cosas incompatibles. A muchas mujeres se les enseñó que mostrar
determinación era “ser dura”, que defender límites era “ser conflictiva”, que
exigir respeto era “ser difícil”.
Y
así, generaciones enteras aprendieron a suavizar sus opiniones, a disculparse
por sus logros, a minimizar su inteligencia. No para evitar conflictos… sino
para evitar el castigo social que aún recae sobre las mujeres que se atreven a
ocupar espacio.
Pero
quizá la enseñanza más peligrosa de todas fue esta: que el amor debía ganarse.
Se
nos dijo que una mujer valiosa era la que sabía sostener una relación “a pesar
de todo”. La que resistía. La que luchaba por el vínculo incluso cuando el
vínculo la desgastaba. Nos enseñaron que el amor era sacrificio constante.
Que
la entrega absoluta era una prueba de nobleza.
Y
que irse —incluso cuando quedarse dolía— era señal de fracaso.
Sin
embargo, ninguna forma de amor que exija la desaparición de una persona puede
llamarse amor. Eso tiene otro nombre.
Tiene
el nombre de dependencia.
Tiene
el nombre de miedo.
Tiene
el nombre de desigualdad.
Hoy
muchas mujeres están revisando estas viejas enseñanzas con una mezcla de
incredulidad y lucidez.
Porque
cuando una mujer comienza a cuestionar el guion que heredó, descubre algo
profundamente revelador: muchas de las reglas que se nos enseñaron no estaban
diseñadas para nuestro bienestar, sino para nuestra adaptación.
Adaptación
a un sistema que necesitaba mujeres disponibles, comprensivas, silenciosas y
resistentes. Pero una mujer no es valiosa por lo que soporta. Es valiosa por lo
que es.
Por
su inteligencia.
Por
su capacidad de decidir.
Por
su derecho a equivocarse.
Por
su derecho a cambiar de rumbo.
Por
su derecho a ocupar el mundo con la misma legitimidad que cualquier otra
persona.
Ser
una “buena mujer” no debería significar encajar en un molde. Debería significar
algo mucho más simple y mucho más revolucionario: vivir con dignidad, con
libertad y con conciencia de nuestro propio valor.
Quizá
ha llegado el momento de dejar de preguntarnos si somos lo suficientemente
buenas según las viejas reglas. Y empezar a preguntarnos algo mucho más
importante:
¿Las
reglas que nos enseñaron eran realmente justas?
Porque
cuando una mujer empieza a cuestionar lo que se le enseñó, no se vuelve
rebelde.
Se
vuelve libre. Feliz 8 M.
Comentarios:
draclaudiaviveroslorenzo@gmail.com






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